Porteadores del infierno: ascenso y descenso al volcán Kawah Ijen

Como una prueba de fondo, el aparcamiento acogía a todo el grupo que aspiraríamos esa noche a subir a la cumbre del volcán Kawa Ijen, para después descender a su cráter.
Debido al ascenso de actividad han prohibido la subida durante la noche, abriendo apenas unas horas antes del amanecer.
De todos los colores y nacionalidades, unos charlaban, otros tomaban algo cliente, y yo preferí reservar fuerzas y descansar media hora más en el asiento trasero del 4×4 que nos llevó hasta allí en medio de la nada, y en la más absoluta oscuridad de la noche, entre olores a vegetación variada y plantas de café arábica.

A las 4.00 de la mañana abrieron el paso que permitía el acceso al camino que ascendía a la montaña, dejándonos muy poco tiempo para coronarla antes del amanecer.

Todos comenzamos a subir, por grupos, parejas o solos, la mayoría con poca conciencia de lo que nos esperaba.
En un principio las conversaciones y risas airosas, irrumpían en el silencio de la noche.

A los 10 minutos de marcha algunas personas ya empezaban a despuntar, otros comenzaban a tener serias dificultades de subida.
Conforme avanzaba iba dejando atrás rezagados. Un par de chicos trataban de remolcar a su amiga, casi a rastras. Otro se apartaba a un lado del camino para vomitar después de haber avanzado varios metros aguantando la náusea que le producía el esfuerzo.
La pendiente era continua y muy pronunciada, y los próximos 3 km que nos esperaban serían iguales, por lo que en la medida de lo posible, debíamos de dosificar el esfuerzo para poder llegar hasta arriba, pero no parar demasiado para hacerlo a tiempo.

Una hora después el silencio reinaba el lugar. Tan solo sonaban nuestros pasos pisando firmes la tierra, los de los pocos que íbamos quedando, y las pequeñas luces de las linternas flotaban a su ritmo pareciendo almas en pena condenadas a subir aquel calvario.
Muchos ya se habían retirado y retrocedido al punto de salida. Otros rezagados hacían largas pausas, y los que manteníamos la marcha a duras penas, nos preguntábamos cuanto faltaría, porque hasta el momento aquel paisaje que ligeramente advertíamos en aquella oscuridad y que desprendía olor a pino, no parecía ser el de la ladera de un volcán, y el olor a azufre se resistía a hacer su aparición.

Mi mente me jugaba malas pasadas tratando de contar los minutos y haciendo cada paso mucho más largo. El no saber la distancia recorrida, ni la restante no era una motivación muy esperanzadora y ya venía arrastrando la debilidad de los anteriores días de fiebre en Yogyakarta, por lo que mis fuerzas amenazaban con abandonarme… De repente un ligero olor a Azufre, y los suspiros alentadores de las lucecitas por encima de mi cabeza, de los que ya habían conseguido llegar, me dieron el último empujón.

Estaba allí arriba. Una gran columna de humo blanco con fuerte olor a azufre ascendía desde un agujero sin fondo, en la oscuridad. El amanecer no tardaría en abrirse paso, aunque todavía el cielo era muy oscuro, aún tenía que descender al cráter.
Continué en silencio, concentrada en agarrarme a la barandilla que hacia apariciones puntuales, o en su defecto a las rocas y no resbalarme con la gravilla. Desde este punto, el cartel advertía la peligrosidad de la ruta, tanto por intoxicación de los vapores como por la complicación del terreno y prohibía el descenso. Nuevamente algunos optaron por contemplar desde arriba, aunque fuimos muchos los que decidimos bajar.
En fila india, como hormiguitas, íbamos serpenteando la pendiente en busca de la ruta ya pisada por el de delante, y a unos metros del final, las famosas luces azules flotaban entre la nube blanca. Hipnotizante fuego azul, lava naranja, amarilla y olor pestilente nos mantuvieron a todos con boca y nariz tapadas, pero con los ojos bien abiertos, contemplando en silencio el espectáculo.

luces azules kawa ijen

De repente una manguera de agua, aparecida de la nada apagaba las luces azules y empujaba la humareda, que retrocedía dejando al descubierto una especie de tuberías improvisadas desde donde caía un líquido amarillo-verdoso: el famoso y preciado azufre que cargaban los “porteadores del infierno”
Y ahí estaban también ellos, apenas unos 6 o 7 hombres (de los más de 200 que trabajan allí), flacos y poco corpulentos formando y partiendo pesadas piedras de azufre y cargándolas en 2 cestas unidas por una barra de madera.
Ya había clareado, dejándonos la luz contemplar el impresionante lago y las chimeneas del volcán que me dejaron hipnotizada durante más de una hora.
chimeneas kawa ijen
Los mismos hombrecillos que llenaban las cestas sacaban todo un muestrario de figuritas moldeadas y fabricadas con el mineral.
Mientras uno me ofrecía una tortuga, yo analizaba su esmirriado cuerpo, y me decía a mí misma que era imposible que ese hombre cargara todo el peso depositado en la cesta, barranco arriba.
Pensé que además de los famosos mineros, hasta allí llegarían los típicos listillos con algunas figurita para vender a los turistas, y que tras marcharnos nosotros también lo harían ellos, sin carga ni “dificultad” alguna.

No había terminado de perderme en mi juicio, cuando el mismo muchacho esmirriado que me estaba vendiendo la figurita se arrodillaba, colocaba la barra de madera sobre sus hombros, y se levantaba dejando colgadas, a ambos lados de su cuerpo, las cestas con 70 kg de peso con los que comenzó a subir pausadamente, equilibrando continuamente el carguero, y sorteando piedras.

Boquiabierta e impresionada le seguí de cerca. El chico no debía tener más de 20 años, era muy flaco. Advertí que los huesos de su espalda estaban ligeramente deformados por los daños producidos por el porte. Varios metros más arriba descansaba su amigo, algo mayor que él, fumándose un cigarro. Que ironía advertirles que fumar perjudica la salud, cuando su esperanza de vida y la peligrosidad de su trabajo prolongado durante muchos años probablemente se los llevarían antes que una barrita de nicotina. Me guardé el consejo.

Me senté junto a ellos y compartí algunos bollos de chocolate que llevaba en la mochila. Aceptaron encantados. Charlamos por gestos y 4 palabras en inglés y continuamos la marcha haciendo nuevos altos para beber agua y seguir fumando. Yo mientras contemplaba el espectacular paisaje, el azul del lago burbujeante que cubría el cráter y la columna de humo bailando y perdiéndose arriba en el cielo.

porteadores kawa ijen

Pensé en lo mucho que disfrutaría algún colega fotógrafo ante tremendo cuadro, tanto por el paisaje como por la experiencia de conocerlos a ellos. Todo un reportaje que refleja una cruda realidad. La realidad de esos hombres de hierro, que por una miseria de dinero (algo así como 1cent el gramo) portan a sus espaldas, cada día entre 50 (los más mayores) y 80 kg de peso (los más jóvenes y fuertes), dando varios viajes, y soportando el esfuerzo a sabiendas que aunque duro, es la forma más rápida de conseguir un sueldo así, tan necesario para alimentar tantas bocas.
Y no me extraña, y entiendo, que el interés de estos porteadores del infierno haya pasado de ser, subir cestas de azufre, a vender simples piedras o figuritas hechas con él, puesto que pueden ganar más de esta forma, y finalmente el beneficio principal de su esfuerzo sería para ellos, y no para otro que se enriquece a costa de su sacrificio.

con los porteadores

 

crater ijen

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